Agresividad en la adolescencia

La adolescencia es una época de gran cambio físico y emocional. En ocasiones, adaptarse a todos estos cambios genera irritabilidad y frustración en el adolescente, lo que puede desembocar en una conducta agresiva.

Una de las manifestaciones de mal comportamiento en niños y adolescentes es la agresividad.

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niño con ansiedad

Qué entendemos por agresividad

La agresividad es una tendencia a actuar o a responder de forma violenta. El término se encuentra relacionado con el concepto de acometividad, que es la propensión a acometer, atacar y embestir. También se utiliza la palabra para referirse al brío, la pujanza y la decisión para emprender algo y enfrentarse sus dificultades.

Agresividad o violencia

Los psicólogos consideramos que la diferencia entre agresividad y violencia es que la primera es un componente natural, inherente al ser humano, que aparece en la mayoría de las especies animales como una respuesta innata ligada a la supervivencia. La violencia implica un comportamiento cruel y socialmente destructivo, con un alto grado de intencionalidad y un componente de aprendizaje social.

La agresividad infantil es un conjunto de patrones de actividad que pueden manifestarse con intensidad variable, desde las expresiones verbales y gestuales hasta la agresión física. El lenguaje cotidiano asocia la agresividad con la falta de respeto, la ofensa o la provocación.

Causas de la agresividad en la adolescencia

Antes que reñir o castigarle por su agresividad, conviene comprender las causas de su malestar.

La causa de esta agresividad puede radicar en una dificultad del adolescente para controlar sus impulsos, una baja tolerancia a la frustración, en unas habilidades sociales deficientes o en una mala gestión del conflicto en casa, que no le ha aportado modelos positivos a seguir. Pero también puede ser síntoma de algún conflicto interno, como la baja autoestima o la depresión, que en el caso de los adolescentes y preadolescentes suele manifestarse de forma predominante con enfado, antes que con la tristeza. También puede estar dando pistas de situaciones complicadas o graves por las que está pasando el niño: acoso escolar, abuso o maltrato por parte de un adulto…

Al adolescente puede no gustarle su cuerpo, o ver cómo sus compañeros de burlan de su aspecto físico. Puede sentirse frustrado al no entender porqué sus deseos chocan con los límites impuestos por los padres. El adolescente puede no sentirse comprendido. Cuando un adolescente no sabe canalizar sus emociones de otra manera, puede desembocar en agresividad.

Manifestaciones agresivas en niños y adolescentes

En nuestro centro de psicología observamos que, dependiendo de la edad del niño o adolescente, la agresividad se manifestará de formas muy diferentes, desde la típica “rabieta” de la primera infancia, hasta los dolorosos “eres la peor madre/padre del mundo” de la pre-adolescencia, pasando por los portazos, el lanzamiento de objetos o los pellizcos a los hermanos que pueden acompañar toda la etapa.

En cualquier caso, debemos tener en cuenta que la agresión, dentro de unos parámetros, es la manifestación de una emoción negativa que el niño está sufriendo: frustración, impotencia, ira, decepción… Cuando la emoción se hace cargo de la situación la razón pasa a un segundo plano, produciéndose lo que Goleman llamó el “secuestro emocional”. Este se da cuando la amígdala coge la iniciativa de la respuesta cerebral ante un estímulo. En el caso de emociones fuertes y debido a la conexión existente entre tálamo y amígdala, ésta puede utilizar todos los recursos del cerebro para emitir una respuesta urgente, incluso antes de tener conciencia de lo que está haciendo.

Por tanto, ante una situación de conflicto, la conducta “irracional”, instintiva es la que se abre camino: gritar, patalear, lanzar objetos, insultar…, pues la otra respuesta más racional: negociar, reflexionar, ponderar consecuencias… resulta neutralizada por la emoción.

La amígdala, la porción más “primitiva” de nuestro cerebro, encargada de las emociones primarias, madura mucho antes que nuestro hipocampo (que se encarga de la memoria) y nuestro córtex prefrontal (encargado de la toma de decisiones). Es por ello que, en los niños, la agresividad sea una respuesta mucho más frecuente que en los adultos. Las emociones son más rápidas, intensas i cambiantes.

Cómo controlar la agresividad

Como psicólogos, os informamos que resulta inútil enfrascarnos en “sermones” y reflexiones con ellos. Es necesario enseñarles primero a gestionar la salud emocional que están viviendo. Centrarnos en el sentimiento, incluso aplazar la discusión: “veo que estás realmente furioso, creo que no es el mejor momento para hablar de esto” y darles alternativas positivas de conducta “que te parece si vas a tu habitación hasta que estés más calmado” “respirar hondo a veces funciona cuando es difícil pensar”, etc.
Cuando las situaciones agresivas se multiplican, se dan en varios contextos (como en casa y en el cole) o son de una intensidad muy elevada, la sobrecarga emocional en la familia es evidente.

Una terapia psicológica puede enseñarle nuevas formas de reconocer y descargar sus emociones a través de conductas más constructivas. Muchos adolescentes desarrollan estas habilidades de control emocional de forma espontánea por imitación del entorno o aprendizaje, pero otros necesitan la ayuda de nuestros psicólogos para lograrlo.

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