PSICOLOGIA ADULTOS
24 abril 2017


La comparación: esa forma sutil de agresión

Comparar, o compararse, es una forma de juicio moralista. Un juicio moralista, en términos de comunicación, supone una clasificación moral de nuestra propia conducta o la conducta de otra persona, basada en la premisa de que algo falla en esa conducta o que tras ella se esconde una mala intención, lo que acaba haciendo más probable una agresión verbal o física contra esa persona. Lo que desoye la comparación, lo que ignora el juicio moral, son las necesidades del ser humano que hay bajo esa conducta, la historia personal que arrastra. Es, pues, una forma de comunicación violenta.

La comparación hacia los niños

“Mira Joel qué bien lee ya, y tú no”
“María ya no lleva pañal, tienes que hacer como ella”
“Tu hermano sacaba mejores notas a tu edad”

Entendemos los motivos que llevan a los padres a emitir estos comentarios: quieren conseguir de sus hijos alguna cosa que piensas que es buena para ellos: que se esfuerce en leer, que aprenda a controlar esfínteres, que estudie y mejore sus notas. No compartimos, sin embargo, la forma. Detrás de estas comparaciones, él niño lee un “no soy lo suficientemente bueno, los demás son mejores que yo, si no consigo lo que consiguen los demás decepcionaré a las personas que me importan”. Esto, además de doler y estresar, sienta las bases para una comunicación exigente y dura con uno mismo cuando el niño se haga mayor. Ha aprendido que, para mejorar, debe hablarse mal, debe exigirse, debe ser duro consigo mismo. La forma de comunicación que reciben los niños en la infancia, influye en como se hablan a sí mismos de adultos.

La comparación hacia nosotros mismos como adultos

“Debería ir al gimnasio”
“Debería ser más ordenado”
“Debería ser más sociable”

Estas frases son formas interiorizadas, en la adultez, de los juicios morales y las  comparaciones de nuestra infancia, aquellas que recibimos de nuestros padres, de nuestros profesores, de la gente de la calle. En algún lugar del camino aprendimos que nos somos lo suficientemente buenos, que hacemos las cosas mal, que merecemos hablarnos así. Esto genera baja autoestima, frustración y decepción con nosotros mismos.

Otras formas de comunicación violenta: exigir nuestros deseos

Las exigencias amenazan, tanto explícita como implícitamente a la persona a la que se las hacemos. ¿Por qué? Porque le informan de que les echaremos la culpa o las castigaremos si no nos satisfacen, lo que genera presión emocional y merma sus derechos de libre actuación, sus derechos asertivos.

La comunicación no violenta: comunicación basada en la compasión

Es un tipo de comunicación muy importante, que nos ayuda a expresarnos con sinceridad y claridad, al tiempo que prestamos una atención respetuosa y empática a los demás. Le dedicaremos un post en las próximas semanas.

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María José Miguel

Psicóloga de adultos

Eva Monteagudo

Psicóloga de adultos y parejas

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