PSICOLOGIA INFANTIL
30 enero 2017

El vínculo de apego

Problemas de apego: dos formas opuestas de manifestarlo

Aunque aún queda mucho camino en la investigación del trastorno reactivo del apego, es innegable que existen niños con comportamientos (emociones, pensamientos y conductas) problemáticos como consecuencia de no haber podido establecer una relación afectiva segura, constante y sana con sus personas queridas. Estos niños sufren, y sus familiares también.

Qué es el apego

El apego es el lazo afectivo que un niño desarrolla hacia las personas que le cuidan. Cuando el niño necesita algo, ya sea comer, que le rasquen, ayuda para gestionar un susto, etc., es decir, cuando ha de satisfacer alguna necesidad física y emocional, el vínculo de apego hace que se dirija a esas personas en busca de ayuda.

Normalmente el apego se dirige hacia una persona concreta y es recíproco. Este apego une a estos dos seres y tiende a perdurar en el tiempo, otorgando seguridad y facilitando la cercanía.

El apego sano: el apego seguro

El apego seguro es la consecuencia de unos padres sensibles a las necesidades, tanto física como emocionales, de sus hijos. Fruto de esa receptividad, los padres interpretan correctamente lo que les pasa y reaccionan de manera apropiada. El resultado es un niño que se siente seguro, valioso, y que se permite explorar el entorno porque sabe que, si necesita ayuda o consuelo, sus figuras de apego estarán ahí y cubrirán sus necesidades.

Como consecuencia de ello, la investigación parece apuntar a que estos niños confiarán más en el futuro en sus relaciones y establecerán relaciones más sanas.

El apego inseguro evitativo

Pero hay casos en los que la madre, el padre o el cuidador principal, sea quien sea (un abuelo, una persona contratada, etc), no reacciona adecuadamente cuanto el niño se acerca a él en busca de ayuda o consuelo. Por los motivos que sean, esta figura reacciona con rechazo, angustia o desinterés ante el niño.

El efecto conductual en el niño es obvio: evitará acercarse a esta persona en busca de ayuda, afecto o consuelo, para evitar el rechazo y para no saturarle o presionarle.

Los efectos en sus emociones y pensamientos son más profundos: el niño aprenderá que no le conviene expresar lo que siente, que hacerlo le daña, por lo que se irá desconectando progresivamente de la figura de apego y se irá interesando más en los juegos, los objetos y las actividades que en la relación.

Este niño puede mostrarse muy autónomo y sacar buenas notas, puede mostrarse inusualmente seguro o autosuficiente, pero esto no es más que una estrategia de protección para evitar el rechazo. Con sus compañeros se mostrará correcto, sin mayores problemas, pero tampoco intimará profundamente con alguien. Se centrará, en la adolescencia y en la edad adulta, en tener éxitos en aspectos concretos de la vida, como su trabajo, un deporte, etc. pero, aunque detectará muy bien los estados emocionales de los demás (lleva toda la vida haciéndolo, para saber cuándo debe callarse), no se involucrará en exceso

El apego ansioso ambivalente

El caso del apego ansioso ambivalente es más complejo, si cabe. En este caso, el problema es que la figura de apego es completamente inconsistente, aleatoria y extrema. En algunos casos le sobreprotege, está encima, le atiende siempre; en otros casos, se aleja, le rechaza y no le atiende.

Todo depende del estado de ánimo de la figura de apego, y no de la conducta del niño, de modo que éste no puede extraer ninguna predicción sobre lo que puede hacer o no hacer para obtener cariño y atención, ni lo que debe evitar hacer para que no le castiguen emocionalmente.

El resultado es un niño que busca y huye, a la vez, de la figura de apego; un niño que se acerca a ella pero se resiste a ser consolado por ella; un niño que tiene muchísima ansiedad al separarse de su figura de apego pero que reacciona con agresividad cuando ella vuelve. Estos niños tienen fuertes deseos de intimidad, la ansían; pero la temen.

Con todo, los trastornos del vínculo pueden tomar dos grandes tendencias: hacia la inhibición o hacia la desinhibición.

Trastorno en su forma inhibida

Los problemas se manifiestan ya durante los primeros cinco años de vida, en los que el niño, de modo continuo tiene conductas muy retraídas en sus relaciones sociales, sobre todo cuando le ocurre un problema o se producen cambios en su rutina. Esta forma de comportarse es emocionalmente distante hacia las personas más cercanas, pero también muy alerta e hipervigilante, con temor e incluso autoagresiones. Les cuesta mostrar afecto positivo hacia sus cuidadores, y son poco expresivos con su entorno social en general. Estos niños no suelen buscar consuelo, ni apoyo, ni cuidado, ni protección y, si lo reciben, no responden reduciendo su malestar. Si pueden sufrir picos de irritabilidad, miedo o tristeza.

Por fortuna, los niños que presentan esta inhibición suelen mejorar cuando el cuidador es apropiado o se relaciona con ellos de manera apropiada

Trastorno en su forma desinhibida

Del mismo modo, el efecto puede ser completamente opuesto: en su forma desinhibida el niño es excesivamente abierto, se va con cualquier extraño y no busca a sus figuras de apego cuando le ha pasado algo. Busca incansablemente la atención de los demás y su relación con iguales no suele ser adecuada, muestra comportamientos demasiado familiares con personas que no conoce. Desgraciadamente, estos niños son menos susceptibles a las mejoras en la relación con sus cuidadores. Es decir, la forma desinhibida es más estable.

La complicación en el diagnóstico

El psicólogo se enfrenta a una tarea minuciosa a la hora de evaluar este problema. El primer reto es observar que ambos subtipos, en ocasiones, se presentan en el mismo niño. Por otro lado, existen otros muchos trastornos que tienen síntomas comunes con éste, y que, también se dan a la vez como, por ejemplo, la ansiedad social, el trastorno negativista desafiante, es estrés postraumático, los trastornos del espectro autista, etc…

Aroa Albert

Psicóloga infanto-juvenil en Valencia

 

Psicólogos infantiles en Valencia

 

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