La psicología de los propósitos de Año Nuevo

La psicología de los propósitos de Año Nuevo

PSICOLOGIA ADULTOS
24 diciembre 2018

La psicología de los propósitos de Año Nuevo

Ya estamos en esas fechas simbólicas en las que muchos de nosotros nos proponemos cambios importantes en nuestra vida. El inicio de algo, en este caso del año nuevo, parece ponernos en contacto con la posibilidad de cambiar algo en nuestras vidas. Son símbolos, ritos, corrientes de motivación que podemos aprovechar para subirnos al tren. Pero, ¿por qué es más fácil proponerse que cumplir?, ¿qué hace que algunos buenos propósitos se queden en nada? Ten en cuenta los siguientes factores que nos enseña la psicología para, este año sí, triunfar.

Primera reflexión:

¿Por qué o por quién quiero cambiar?

Lo primero que puede ayudarte a no embarcarte en proyectos que no vas a poder cumplir es una reflexión seria sobre los propósitos. Plantéate, exactamente, por qué quieres dejar de fumar, comer mejor, hacer deporte… o lo que sea que te has propuesto. Piensa cuál es el objetivo, qué ventajas esperas tener. Escríbelas. Y, sobre todo, plantéate si el cambio lo quieres hacer por ti o por presiones externas.

Hacer una cambio personal sólo por los demás no suele funcionar, aunque puedes aprovecharlo para – a raíz de las presiones – plantearte qué beneficios puedes tener tú por iniciar el cambio.

Segunda reflexión:

¿Son realistas mis objetivos?

Cualquier cambio que te propongas, aunque parezca obvio, deber ser realista. La psicología te aconseja que pienses si tienes los medios apropiados para conseguirlo, si es factible dentro de tu agenda u obligaciones. Embarcarse de buenas a primeras en algo con implicaciones que no habíamos previsto, lleva a un abandono temprano.

Tercera reflexión:

Planificación

En esto, no vale un “pensat i fet”. Siéntate y diseña un plan de cómo vas a hacerlo. Los psicólogos sabemos que suele funcionar el cambio progresivo, el incorporar poco a poco rutinas nuevas a tu vida, rutinas realistas y que se vayan intensificando poco a poco. Por supuesto, rutinas que puedas mantener a largo plazo y que te dejen tiempo y energía para el resto de cosas de tu vida.

Cuarta reflexión:

Anticipa los obstáculos

No hay mayor punto fuerte que conocer el punto débil. Analiza las razonas que te va na dificultar continuar: ansiedad, pensamientos del tipo “por una vez no pasa nada”, tentaciones externas… Si conoces el enemigo, puedes desarrollar estrategias para hacerle frente. Si no, te cogerá por sorpresa y no podrás reaccionar.

Quinta reflexión:

Si no funciona, pide ayuda

Si es objetivo es muy importante para ti pero sientes que es ambicioso o no estás seguro de poder conseguirlo tú solo: involucra a alguien, comprométete con alguien. Y si, aún así no funciona, un psicólogo puede ayudarte a detectar los aspectos emocionales, motivacionales, etc. que no te dejan conseguir lo que te propones.

¡Feliz año nuevo!

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Tenemos tres cerebros, para bien… y para mal

Tenemos tres cerebros, para bien… y para mal

PSICOLOGIA ADULTOS

18 diciembre 2017

Seguramente te sorprende leer que tienes tres cerebros. Pues sí, según Paul MacLean, nuestro cerebro está compuesto por tres cerebros que funcionan, o intentan, funcionar, como uno único. Es lo que este neurocientífico llama el cerebro triúnico. Esta idea, y toda la investigación posterior sobre ella en neurociencia, es una de las bases fundamentales con la que debemos trabajar los psicólogos.

Tres cerebros en uno

La idea del cerebro triúnico es fácil de entender si contemplamos que nuestra especie tiene una larga tradición evolutiva. Vamos, que no nacimos ayer. No somos los mismos que hace millones de años, ni hemos de adaptarnos a entornos parecidos a los que hemos debido adaptarnos en ciertos momentos de nuestra evolución. Lo que ha ido ocurriendo es que, poco a poco, conforme íbamos evolucionando y el entorno iba cambiando, se desarrollaban un cerebro sobre otro, de manera secuencial, a lo largo de nuestra historia.

Cada uno de estos cerebros funciona de una manera diferente, habla de un modo diferente y quiere tomar el derecho a decidir sobre nosotros enfrentándose a los otros dos. Ahora entenderás porque el ser humano puede estar lleno de contradicciones. De más antiguo a más reciente, nuestros cerebros son: el reptiliano, el límbico y el neocórtex.

El cerebro reptiliano

Al cerebro reptiliano lo único que le importa es que tú sobrevivas “ahora”, es decir, que tu cuerpo pueda realizar las operaciones básicas para estar vivo: regula tu temperatura, vela por tu ritmo cardíaco, etc… Este cerebro funciona de forma muy estereotipada o impulsiva: responde automáticamente en función del estado en que esté tu organismo. De entre los tres cerebros, el reptiliano está localizado en la parte más baja de nuestro cerebro, incluyendo los ganglios basales y el tronco del encéfalo.

El sistema límbico

La segunda parte de nuestro cerebro, el llamado sistema límbico, apareció después, cuando aparecieron los primeros mamíferos, directamente encima del cerebro reptiliano. Este cerebro es mucho más complejo que el reptiliano, porque está basado en nuestra capacidad de aprender a través de las emociones, y es de enorme trascendencia para los psicólogos, pues una parte del trabajo importante que se hace a diario en una consulta de psicólogo es trabajar con el sistema límbico, deshaciendo asociaciones inadecuadas que se han creado, e intentando crear nuevas asociaciones más productivas y saludables.

Si haces algo que te hace sentir bien, tu sistema límbico intentará repetirla o generar las condiciones para que ese bienestar vuelva a ocurrir: piensa el papel que esta estructura puede tener en las adicciones, por ejemplo. Si haces algo que te provoca malestar, tu sistema límbico inhibirá esa conducta o te alejará de los entornos en los que es más probable que vuelvas a sentirte de esa manera: piensa el papel que esto puede tener en la creación y mantenimiento de las fobias o los trastornos obsesivo-compulsivos.

El neocórtex

Al final de todo, y por el momento, de nuestros tres cerebros, el cerebro más reciente que tenemos es el neocórtex, es decir, nuestra corteza cerebral.

Este cerebro es mucho más sutil que los otros dos, es muy complejo, tiene capacidad para trazar proyectos a largo plazo y para detectar matices que los otros dos cerebros no captan. Es el responsable también de que podamos revisar nuestro propio comportamiento para analizarlo y decidir qué tal hemos estado en un momento dado. Todo pensamiento sistemático, toda capacidad lógica, todo lenguaje organizado. Por eso es tan importante para la terapia cognitivaque llevan a cabo los psicólogos. Aunque ahora viene lo realmente interesante.

La interconexión entre los tres cerebros

Los últimos avances en neurociencia han demostrado que estos tres cerebros nos son como unas piezas de lego montadas las unas sobre las otras. Lógicamente, ésta es una abstracción y una simplificación, aunque nos ayuda a entender los conflictos y los problemas que presentamos los seres humanos. La realidad es que la aparición de cada uno de estos tres cerebros ha ido modificando en cierta medida a los otros y que el cerebro quiere responder de un modo global, interconectado, para dar mejor salida a nuestras decisiones y respuestas; al menos lo intenta, aunque no siempre lo consigue.

La importancia del sistema límbico en las emociones

Una emoción es un proceso mental no consciente que crea un estado de predisposición a actuar de una manera determinada. Aunque no se reduce a estas dos estructuras, dentro del sistema límbico del que hemos hablado anteriormente sobresalen dos estructuras de gran importancia a nivel emocional: la amígdala y el hipocampo. Si has acudido alguna vez al psicólogo, de la primera, la amígdala, seguro que habrás escuchado hablar. La amígdala (que no tiene nada que ver con las amígdalas), es una estructura fascinante, pues hace todo esto por ti: interpreta rápidamente la cara de la persona que tienes enfrente para detectar su estado emocional; te mantiene vivo y protegido, pues hace que huyas cuando sientes miedo, pues se percata muy rápidamente de los peligros.

El problema viene en que también genera falsas alarmas y que se puede quedar “encendida” cuando ya ha pasado el peligro (como en el trauma) o cuando no ha habido peligro pero ella así lo ha interpretado (como en el trastorno de pánico, en las fobias, etc…) Del hipocampo, los psicólogos en consulta hablamos menos, pero es una estructura fundamental con la que también trabajamos, pues puede ayudarnos a frenar las falsas alarmar de la amígdala, dándoles un contexto y un lugar. Nos puede ayudar mucho porque sí tiene capacidad de procesar y codificar a nivel lingüístico y por lo tanto puede servir de puente entre la amígdala y la corteza cerebral.

Conclusiones de los tres cerebros

Ahora que conoces como nuestro cerebro ha ido complejizándose a lo largo de nuestra evolución con la aparición de diferentes estructuras, entenderás que sigue en proceso de evolución, intentando ayudarte en tu día a día del modo en que mejor puede. Por supuesto que comete errores, que se engancha (es normal), el mundo ha cambiado mucho desde que aparecieron cada una de sus estructuras, pero siempre intenta protegerte. Si ves que tu cerebro no encuentra la salida para ayudarte en tu día a día, si tienes una fobia, una adicción, un trastorno obsesivo, un trastorno alimentario…. Sea lo que sea, acude a un psicólogo, él te ayudará a salir del atolladero.

Por cierto, que se está investigando mucho sobre cómo el mindfulness puede ayudar a integrar esos tres cerebros para que funcionen de manera más globalizada y eficaz.

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Neuronas espejo y contagio emocional

Neuronas espejo y contagio emocional

PSICOLOGIA ADULTOS
31 julio 2017


Neuronas espejo y contagio emocional

Todos hemos asistido en mayor o menor medida a procesos de contagio emocional: el estadio entero rompe a gritar cuando el equipo local se marca un tanto, una multitud se euforiza ante un líder político, grupos enteros de fans se ven dominados por emociones de ilusión… pero también grupos de personas entran en pánico ante la expresión de miedo de un igual provocando histeria colectiva. Estos sentimientos colectivos son reacciones emocionales primitivas.

El contagio emocional también se produce en situaciones más modestas, como cuando sonreímos a otra persona que nos sonríe, o cuando la tristeza de una persona tiñe nuestro propio estado de ánimo.


Las neuronas espejo en el contagio emocional

Las emociones de otra persona no son directamente visibles, pero sí lo son sus correlatos conductuales, es decir, lo que la otra persona hace cuando las tiene. Algunas de estas pistas son más evidentes que otras, pero las personas estamos preparadas para reconocer las expresiones faciales de los demás; de hecho, de bebés, nos dedicamos a observar la cara que ponen nuestros progenitores para poder interpretar qué es lo que pasa en cada momento. Es un proceso muy primario. Existen unas neuronas en nuestro cerebro, llamadas neuronas espejo, que se activan cuando vemos a otra persona experimentando una determinada emoción, y se activan poniendo en marcha en nuestro propio cerebro los mismos circuitos cerebrales que esa persona emocionada. A partir de ahí, nuestro cuerpo reacciona generando nuestras propias emociones.

Procesos emocionales

Hace unas décadas, los psicólogos pensaban que el ser humano, a la hora de interpretar las acciones de otra persona y predecir su conducta, echaba mano de un proceso de pensamiento lógico. Las investigaciones de la última década parecen apuntar más bien a que estos procesos no son tanto lógicos como emocionales. Al activarse nuestras neuronas espejo ante lo que hace o muestra otra persona, podemos sentir o intuir, de una manera no lógica, las intenciones y las emociones que provocan esas acciones.

Repercusiones sobre la empatía

Por esta razón, todo parece apuntar a que las neuronas espejo juegan un papel relevante a la hora de poder ponernos en la piel de otra persona, es decir, a la hora de empatizar con ella. Pero también sobre nuestras habilidades sociales, dado que, cuanto más hábiles seamos a la hora de comprender lo que el otro siente, más datos tenemos para desenvolvermos en la relación con él.

Disfunción en las neuronas espejo

De ahí había un paso a ponerse a investigar en trastornos en los que existe una problemática para percibir y comprender estados emocionales ajenos, como es el caso del autismo. Los resultados apuntana que en el autismo se da una disfunción en el sistema de las neuronas espejo. A mayor severidad de autismo, menor actividad de las neuronas espejo.

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No es lo deseable; sin embargo, en ocasiones, pasa.
Una pareja que atraviesa una época de tensión, alejamiento, o que no encuentra el modo de resolver problemas enquistados es más vulnerable a dejarse llevar por una aventura externa.

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Dolor social y emocional en el cáncer

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Dolor social y emocional en el cáncer

Se habla mucho de cáncer. Es una enfermedad con la que cada vez tenemos más relación. Todos tenemos personas cercanas que han estado en un proceso oncológico, o lo hemos estado nosotros mismos. Por eso es importante saber de cáncer, y saber de cáncer va más allá de saber de palabras como quimioterapia, radioterapia o tumor.

La persona con cáncer se ve inmersa en un momento vital que no había previsto y, con frecuencia, todo su sistema emocional se enfrenta a un reto que le supone una capacidad de adaptación importante.

El dolor emocional en el cáncer

Las personas nos adaptamos a los cambios y a los retos, en gran medida, gracias a nuestras emociones. Sentir algo nos lleva a actuar de una determinada manera, y eso es importante. Solemos sentirnos cómodos con las emociones agradables, y nuestro entorno también. Pero no solemos sentirnos tan a gusto con las emociones incómodas, al igual que las personas que nos rodean. Esto es algo que se ve claramente en las personas que están atravesando un proceso oncológico y sus familiares.

Ansiedad, miedo, estrés, rabia…

Para adaptarnos a esta nueva situación, es fácil que lo primero que aparezca sean emociones relacionadas con la ansiedad, el miedo, el estrés. Más adelante, aparecer también emociones relacionadas con el enfado, la rabia o la frustración debido a los tratamientos. En determinados momentos también emociones de tristeza, desesperanza o desilusión. ¿Cómo nos relacionamos con estas emociones? La respuesta suele ser: mal. Ni queremos tenerlas ni queremos que las tenga alguien cercano. Pero es muy importante permitirse estas emociones tal y como aparezcan, poder atravesarlas en el momento que nos visiten, atreverse a estar con ellas, pues no son nuestras enemigas, sino nuestras aliadas.

El dolor social en el cáncer

El dolor social se expresa en la soledad. El apoyo social es imprescindible en la recuperación, de hecho es el mejor predictor de recuperación. Por ello es importante reducir el dolor social, es decir, la sensación de soledad emocional, de no ser entendido. El dolor social se deriva de la no aceptación de los familiares y amigos del dolor emocional del paciente con un proceso oncológico. Si el entorno no aguanta que el paciente esté triste, esté ansioso, esté con altibajos, tenga miedo… el paciente se sentirá solo y ahí comenzará su sufrimiento social, que vendrá a sumarse a su sufrimiento emocional.

Si tienes un familiar o amigo que atraviesa un tratamiento oncológico, acompáñale en la emoción que tenga en cada momento, no le juzgues ni castigas si la tiene, no te enfades si no cambia su estado anímico.

El cáncer reta a nuestros pilares personales básicos

Para comprender a esa persona que quieres y que está atravesando este reto, considera que su enfermedad está atentando contra algunos de sus pilares básicos.

Imagen personal

El cáncer atenta, por ejemplo, contra su propia imagen personal: debido a los tratamientos o la evolución de su enfermedad, puede perder el pelo, verse sometida a una cirugía que extirpa una parte de su cuerpo, o estar desaliñado o con aspecto desmejorado.

Rendimiento personal

Atenta también contra su rendimiento: probablemente antes del tratamiento no se encontrara mal y, ahora que lo inicia, está exhausto, bajo de defensas, se siente enfermo, con naúseas y vómitos (esto es muy duro, puesto que rompe los esquemas que habitualmente tenemos de un tratamiento médico: normalmente nos encontramos mal o sentimos dolor y con el tratamiento nos sentimos mejor. En el cáncer, sin embargo, muchas veces es al revés, pues muchos son asintomáticos, y comenzamos a sentirnos enfermos al hacer el tratamiento)

Toda ayuda es poca

Además del tratamiento médico que, como es lógico, es indispensable, existen otras ayudas que han demostrado ser eficaces pues, al hacer uso de ellas y mejorar nuestro estado de ánimo, solemos alimentarnos mejor, movernos más y adherirnos mejor a las indicaciones médicas, lo cual resulta en mejor pronóstico para nuestra enfermedad.

Ayuda psicológica

Los psicólogos pueden ayudar con: relajación, ejercicios de imaginería para fortalecer la percepción de control personal y autoestima, terapia cognitivo-conductual (con apoyo farmacológico su el medico lo considera oportuno), mindfulness e hipnosis para el dolor.

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La comparación: esa forma sutil de agresión

La comparación: esa forma sutil de agresión

PSICOLOGIA ADULTOS
24 abril 2017


La comparación: esa forma sutil de agresión

Comparar, o compararse, es una forma de juicio moralista. Un juicio moralista, en términos de comunicación, supone una clasificación moral de nuestra propia conducta o la conducta de otra persona, basada en la premisa de que algo falla en esa conducta o que tras ella se esconde una mala intención, lo que acaba haciendo más probable una agresión verbal o física contra esa persona. Lo que desoye la comparación, lo que ignora el juicio moral, son las necesidades del ser humano que hay bajo esa conducta, la historia personal que arrastra. Es, pues, una forma de comunicación violenta.

La comparación hacia los niños

“Mira Joel qué bien lee ya, y tú no”
“María ya no lleva pañal, tienes que hacer como ella”
“Tu hermano sacaba mejores notas a tu edad”

Entendemos los motivos que llevan a los padres a emitir estos comentarios: quieren conseguir de sus hijos alguna cosa que piensas que es buena para ellos: que se esfuerce en leer, que aprenda a controlar esfínteres, que estudie y mejore sus notas. No compartimos, sin embargo, la forma. Detrás de estas comparaciones, él niño lee un “no soy lo suficientemente bueno, los demás son mejores que yo, si no consigo lo que consiguen los demás decepcionaré a las personas que me importan”. Esto, además de doler y estresar, sienta las bases para una comunicación exigente y dura con uno mismo cuando el niño se haga mayor. Ha aprendido que, para mejorar, debe hablarse mal, debe exigirse, debe ser duro consigo mismo. La forma de comunicación que reciben los niños en la infancia, influye en como se hablan a sí mismos de adultos.

La comparación hacia nosotros mismos como adultos

“Debería ir al gimnasio”
“Debería ser más ordenado”
“Debería ser más sociable”

Estas frases son formas interiorizadas, en la adultez, de los juicios morales y las  comparaciones de nuestra infancia, aquellas que recibimos de nuestros padres, de nuestros profesores, de la gente de la calle. En algún lugar del camino aprendimos que nos somos lo suficientemente buenos, que hacemos las cosas mal, que merecemos hablarnos así. Esto genera baja autoestima, frustración y decepción con nosotros mismos.

Otras formas de comunicación violenta: exigir nuestros deseos

Las exigencias amenazan, tanto explícita como implícitamente a la persona a la que se las hacemos. ¿Por qué? Porque le informan de que les echaremos la culpa o las castigaremos si no nos satisfacen, lo que genera presión emocional y merma sus derechos de libre actuación, sus derechos asertivos.

La comunicación no violenta: comunicación basada en la compasión

Es un tipo de comunicación muy importante, que nos ayuda a expresarnos con sinceridad y claridad, al tiempo que prestamos una atención respetuosa y empática a los demás. Le dedicaremos un post en las próximas semanas.

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Cómo regula el cerebro nuestras emociones

Cómo regula el cerebro nuestras emociones

PSICOLOGIA GENERAL
17 abril 2017


Cómo regula el cerebro nuestras emociones

Las neurociencias son fundamentales, hoy en día, para entender cómo se regulan las emociones en las personas. Una de las investigaciones más interesantes a este respecto es el sistema de regulación de los afectos de Paul Gilbert.

El sistema de regulación de los afectos


Según Gilbert (2009) existen tres sistemas neurológicos básicos, conectados entre sí, que regulan nuestras emociones. Estos sistemas, pulidos y refinados en el devenir de nuestra evolución como especie, se van activando en nuestra propia vida individual, en especial en los primeros años de vida, según nuestros seres queridos reaccionan ante nosotros, ante nuestras conductas.

El primer sistema: la amenaza y la protección

Este sistema se activa cuando se detecta una posible amenaza. Su función es detener las amenazas o los riesgos para nuestra integridad y nos ayuda a elegir una respuesta rápida para enfrentarnos a ese potencial peligro; genera emociones como la ansiedad, la ira o el disgusto y es regulado principalmente por las hormonas adrenalina y cortisol. También es el responsable de la sumisión. Para que se ponga en funcionamiento ese sistema no hace falta que la amenaza sea real, un simple estimulo asociado a un recuerdo amenazante puede hacer que dispare este sistema. Con todo, este sistema, aunque extremadamente adaptativo y útil, no es perfecto. Por ejemplo: a veces entramos en conflicto cuando este sistema se activa pero no somos capaces de decantarnos una sola respuesta: ¿debo huir?, ¿o aquí es mejor someterme?, ¿o tal vez lo que toca ahora es luchar? Por otro lado, este sistema no se desactiva hasta que se activa alguno de los otros dos, por lo que puede llevar a la sobrecarga

El segundo sistema: la activación para la búsqueda de incentivos y recursos

La función de este sistema es motivarnos para la acción, para la búsqueda de recursos que necesitamos para sobrevivir y que nos produzcan recompensa o nos hagan sentir la sensación de logro. Este sistema nos anima a encaminarnos hacia nuestros objetivos vitales, generando emociones que nos conduzcan a ello. Es principalmente un sistema activador o reforzante y se activa a través del neurotransmisor dopamina, que genera el sexo, las drogas o la búsqueda de sensaciones. También puede activarse sólo al recordar logros pasados o imaginando el cumplimiento de objetivos futuros. Pese a que este sistema supone un importante elemento motivador para conseguir nuestros objetivos, no está exento de problemas, dado que una excesiva motivación de logro provoca visión túnel y puede conducir a que no tengamos en cuenta que estamos haciendo daño a otros, o a otras áreas de nosotros mismos, por conseguir nuestros objetivos: por ejemplo, una anoréxica que se siente triunfal cuando baja de peso, o una persona con una adicción. De hecho, este sistema es bastante adictivo y es uno de los más fomentados en el mundo occidental.

El tercer sistema: el confortamiento, la satisfacción y la seguridad

Aporta calma y tranquilidad, una sensación de satisfacción, donde uno no desea ni evita nada. Es muy diferente a la euforia o a la sensación de logro. Las endorfinas y la oxitocina (la hormona que se segrega cuando nos dan un abrazo) están implicadas en este sistema, generando emociones que nos hacen sentir valiosos y seguros. Este sistema se activa cuando recibimos conductas de cuidado, de afiliación, de vínculo, de amabilidad. Cuando se activa, al sentirnos seguros, aumentan nuestras capacidades creativas y nuestro deseo de explorar el entorno.

El delicado baile entre los tres sistemas

Como hemos dicho antes, estos tres sistemas están conectados y se relacionan entre sí. Por ejemplo, el sistema de amenaza es prioritario: si se activa, los otros dos se inhiben; al fin y al cabo, lo primero es vivir, y luego ya viene todo lo demás. Otro ejemplo sería cómo, cuando queremos y esperamos conseguir algo y esto se frustra (se frustra nuestro sistema de recursos e incentivos), se activa el sistema de amenaza y protección para movilizar la energía suficiente como para resolver la amenaza que impide que se cumplan nuestros planes. Otro aspecto interesante es que el sistema de bienestar es una especie de regulador interno de los otros dos sistemas.

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